26/01/2013 - 27/03/2013
MANIFESTO DE BARRO. Miquel Barceló. Otoño 2012
ESCRIBÍ UNA VEZ que si empecé a trabajar con arcilla es
porque en Gogoly-Sangha (Mali) el viento no me dejaba pintar. Seguramente así
fue, pero todavía más seguro es que con esta arcilla no hacía otra cosa que seguir
pintando.
Como previamente con mis cuadros tuve que empezar de cer
una vieja alfarera de Banani me enseñó donde recoger la mejor tierra y el modo
de prepararla. Después de mezclarla con estiércol de camello y asno así como
con cascotes machacados de viejas ollas y tinajas (chamota) amasando repetidas
veces esta masa (olorosa masa) dejándola fermentar antes de amasarla otra vez
se obtiene una arcilla de una cierta plasticidad —nada parecido a cualquier
arcilla del comercio blandas y flexibles como plastilina- la suficiente para,
al menos poder empezar a modelar alguna cabeza.
La primera obra en arcilla dogón empezó siendo una
calavera a la que pensaba engancharle dos grandes orejas. Ante la fealdad atroz
del resultado, sustituí las orejas por una larga nariz puntiaguda, un poco mi
nariz pero más larga todavía... Me di cuenta de que era Pinocchio cuando, entre el secado y la cocción (rudimentaria) el
tamaño de la cabeza se redujo un quince por ciento. Entonces fue la evidencia
misma —así suele ser siempre en todas mis obras, sean del material que sean—
que la larga nariz son las mentiras que persisten a la muerte. Me lo dijo una
mujer y me acuerd yo no suelo buscar explicaciones más allá del título, que
por otra parte podría haber sido perfectamente Cap de nin amb nas llarg.
Seguramente fue cuando realizaba la piel cerámica que
recubre una capilla de la catedral de Palma cuando ya fue evidente que este
material era otro de mis materiales pictóricos, incluso la manera de realizar
la obra, solo a puñetazos y manotazos —pero también con brochas y pinceles, drippings y goterones— a giornattas de 4 a 10 metros cuadrados,
como Tiepolo, como Giotto, como el pintor de Altamira o de la cueva de la
Pileta, metro a metro, día a día. La auténtica y sola medida es nuestra propia
vida. Uno se va dando cuenta de estas cosas. Así, la terracota, eso que
llamamos cerámica, sería como el genérico de la pintura, como el ácido
acetilsalicílico lo es de la Aspirina.
Siempre me acuerdo del búho de Chauvet, trazado con el
dedo índice sobre la capa de limo tierno que recubría entonces las paredes de
la cueva. 25 segundos, 27 tal vez, calculo que tardó el Maestro del Dedo
Meñique Atrofiado (este es su nombre) en trazar la poderosa curva de la cabeza,
un poco hundida en las alas cerradas con enérgicas rayas verticales. Las dos
orejas enhiestas y los dos puntos que nos miran desde el futuro. Esta gran obra
maestra está hecha de arcilla, de barro, limo. Ni siquiera terracota, tierra
seca: como Massacio, como todo.